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Iglesia La Luz Del Mundo en Las Vegas
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Iglesia La Luz Del Mundo

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FUNDACIÓN DE LA IGLESIA

Dios, en su sola potestad, ha determinado espacios y tiempos para dar a conocer sus propósitos a la humanidad. Lo ha hecho de muchas formas y de muchas maneras, aunque algunas de éstas han sido incomprensibles e inexplicables para la razón humana, porque la fe de Dios tiene razones que la razón del hombre no entiende.

Sin embargo, todas las acciones de Dios tienen un propósito, un fin, un objetivo y una misión. El Creador de todas las cosas no emprende ninguna acción para disgustar, complicar o denigrar la vida del hombre; por el contrario, las acciones de Dios están encaminadas a permitir que las cosas espirituales del Ser Supremo puedan ser interpretadas, entendidas, vistas y vividas por el mismo ser humano. De hecho, el hombre es creación de Dios quien, una vez más y en su sola potestad, del polvo de la tierra lo forma y sopla en él hálito de vida con un propósito, con un fin: para cumplir un objetivo y alcanzar una misión.

Así, hace más de dos mil años, Jesucristo, el Hijo de Dios, apareció en la tierra para cumplir el propósito establecido por Dios, su Padre. Este propósito fue concebido y planificado por Dios desde antes de la fundación de este mundo. Así que, Dios había determinado que Jesucristo diera a conocer el mensaje que traía de su Padre, sentando las bases del cristianismo.

La religión cristiana establecida por Jesucristo hacía énfasis en el amor al prójimo y al enemigo; en el perdón a las ofensas y la reconciliación con el amigo; en evitar hacer justicia por su propia mano, esperando la justicia que viene de Dios; en dedicar el tiempo a orar; en tener fe y esperanza, amor y gratitud, capacidad para perdonar y para amar; invitaba a los primeros creyentes a compartir todo lo que tenían con sus semejantes y, a amar a Dios y a Jesucristo, sobre todas las cosas.

Al ofrecer una oportunidad de vida, porque creaba las expectativas y realidades de una nueva forma de concebir y vivir la vida, el cristianismo comenzó a expandirse por el Asia antigua; desde Galilea hasta Judea, pasando indudablemente por Samaria, los primeros cercanos al Maestro recurrían a Él para recibir alimento, sanidades o algún beneficio material, pero no le reconocieron como el Hijo de Dios. De hecho, aún algunos de los hombres que con Jesucristo estuvieron día y noche, terminaron por negarle o simplemente, alejarse de Él.

Pero llegado el momento, el Hijo dirigía unas palabras a su Padre en las que desvelaba la ternura, compasión y cuidado que, tanto uno como otro, tenían por los creyentes en el Mesías: «Pero ahora voy a ti...» dijo el Hijo, no sin antes suplicar al Padre por el pueblo religioso que comenzaba a gestarse: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal».

Así, una vez más el Hijo manifestaba al Padre y al mundo entero, la disposición que tenía por cumplir con los propósitos de Dios, para que toda la Escritura se cumpliese; también, al fundar el nuevo pueblo, llamado por Dios «Iglesia de Jesucristo», un eslabón más en la cadena se había unido para lograr alcanzar la misión y planes divinos.

EL OCULTAMIENTO DE LA IGLESIA

La inmortalidad no es una cualidad en los hombres, por tal motivo, con la muerte de los primeros Apóstoles de Jesucristo, el riesgo de perder el rumbo en las cosas espirituales se incrementaba considerablemente. De hecho, uno de ellos había ya advertido con antelación sobre las circunstancias previas que rodearían la segunda venida del Hijo de Dios.

Una de esas circunstancias era el fenómeno de la apostasía. Como fenómeno causal, la apostasía negaba la fe de Jesucristo, no la existencia del mismo; por lo tanto, al negar la fe, negaba también la forma de doctrina que practicaban los primeros creyentes hace más de dos mil años. En su objetivo, la apostasía dirigía sus esfuerzos (el apóstata) contra todo lo que se llamaba Dios con la intención de ocupar el lugar de Él y, así, confundir la fe de los creyentes. Por tales razones, los primeros conversos a la fe cristiana deberían de estar atentos, con el sentido y la razón puestos en su fe, para que no se movieran tan fácilmente ni llegaran a dudar de las cosas que creían.

Sin embargo, al no existir la persona de alguno de los apóstoles de Jesucristo, al no existir ninguno de los depositarios de la palabra de vida, ninguno de los custodios de la fuerza de Dios, ni ninguno de los proclamadores del evangelio de Jesucristo, los primeros creyentes de hace más de dos mil años comenzaron a disiparse, creando grupos rivales entre sí, o antagónicos en términos religiosos, que terminaron por confundir a los primeros cristianos. Algunos otros creyentes permanecieron leales e íntegros con relación a su fe, hasta el último día de sus vidas.

¿Qué pasó con la Iglesia que Jesucristo fundó hace más de dos mil años? ¿Terminó, dejó de existir, se extinguió? En caso de ser así, ¿se truncó el plan divino? Y si no fuera así, si la Iglesia que Jesucristo fundó no se extinguió, ¿en dónde está ahora y cómo se puede identificar?

LA CONTINUIDAD DEL PLAN DIVINO

La Iglesia de Jesucristo es única e indivisible; es eterna porque coexiste en el plan de Dios. Por tal razón, el plan divino no se truncó ni su Iglesia desapareció; simplemente, en los primeros años después de la muerte del último Apóstol, los que componían la Iglesia fueron las almas de los que habían sido fieles a los mandamientos antes mencionados, y que ahora alabarían a Dios en el lugar denominado «Seno de Abraham».

Pero sobre el haz de la tierra, efectivamente, no hubo hombres que, conjuntamente, integraran un pueblo cuya identidad y sentido a sus vidas fueran los mandamientos de Dios. Este hecho –el no haber un pueblo elegido por Dios- duró, sin embargo, hasta el año de 1926.

Para este año, el momento, el tiempo establecido por Dios para reestablecer los principios ordenados por Jesucristo hacía más de 1900 años, había llegado. Y como en otras ocasiones, eran necesarias las dos variables determinantes y determinadas por Dios para poder llevar a cabo sus propósitos; por un lado, la variable del tiempo y, por otro, la existencia del hombre elegido por Dios para cumplimentar sus planes.

La presencia, en 1926, del elegido y llamado por Dios para administrar los bienes espirituales y recibir los misterios de Dios, garantizaba la conformación de un grupo de creyentes cuyas características principales, serían las mismas establecidas por Jesucristo hacía más de 1900 años. Así, la Iglesia tendría como fundamento y fundador al mismo Maestro de Nazareth. Fue un martes 6 de abril de 1926, en la ciudad de Monterrey, México, el año, mes y día establecido por Dios para dar inicio a la Restauración de la Primitiva Iglesia de Jesucristo, con el llamado de Dios al Apóstol de Jesucristo, Aarón Joaquín González.

La dirección y trabajo del Apóstol de Jesucristo, Aarón Joaquín González, terminó el 9 de junio de 1964.

A partir de ese momento y hasta nuestros días, la dirección de la Iglesia queda en manos del Apóstol de Jesucristo, Samuel Joaquín Flores.



Tomado de la pagina oficial www.lldm.org


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